Los últimos avances tecnológicos e inventos innovadores no son siempre bienvenidos por todo el mundo, ni están libres de levantar suspicacias en grandes sectores de la sociedad.
Innovaciones como la impresión 3D, los drones, la realidad virtual, la nanotecnología, los coches que se conducen solos, o aplicaciones como Uber o Airbnb por poner algunos ejemplos, están cambiando o cambiarán en un futuro próximo los paradigmas de cómo la sociedad se comporta, se relaciona, trabaja, consume o se divierte.
Pero esas innovaciones traen consigo en muchas ocasiones dilemas de distinta índole en diversos ámbitos como pueden ser la privacidad, sostenibilidad, seguridad, o la confiabilidad.
Otro ámbito que siempre suele resentirse es el del mercado de trabajo. Todas las innovaciones en general van de la mano de cambios en parte del mercado laboral, en el que en el mejor de los casos se produce una transformación o reconversión de puestos de trabajo y en el peor un balance negativo al destruirse más trabajo del que se crea (lo más habitual).
Las innovaciones y avances tecnológicos suelen hacer valer para muchos aquella máxima de “renovarse o morir”.
Así mismo innovaciones como en su día fue la energía nuclear, independientemente de sus ventajas, crean dilemas relacionados con riesgos bastante extremos en el caso de que se lleguen a materializar.
Podemos decir que vivimos en una “sociedad del riesgo”. El sociólogo Ulrick Beck se refirió a ella como “una manera sistemática de gestionar los peligros e inseguridades inducidos e introducidos por la propia modernización”, enfatizando los riesgos de las nuevas tecnologías en contraposición a sus beneficios.










