gestión de crisis, reputación, rsc, sostenibilidad, transparencia

La importancia de la gestión de los riesgos reputacionales.

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La reputación es un driver de valor a través de los comportamientos favorables que genera en los grupos de interés e influye en la cuenta de resultados de las organizaciones, por lo que tiene una importancia capital en su gestión.

En mi anterior artículo sobre tendencias en reputación corporativa comenté con anterioridad que la gestión de los intangibles está cada día más presente en las hojas de ruta de las organizaciones. Vivimos en una sociedad en la que no sólo es necesario ser bueno sino también parecerlo ya que para generar una buena reputación es necesario ser coherente entre lo que decimos que hacemos y lo que hacemos realmente, un hecho que es tan válido tanto para empresas y organizaciones como para individuos particulares.

Según el interesante estudio The Impact of Reputation on Market Value realizado en 2012 por el fundador de Reputation Dividend, Simon Cole, la contribución de la reputación al valor de capitalización en el mercado de una empresa es, de media, de más de un 25% de su valor. Aunque esa contribución varía según el tamaño de la compañía y es normalmente mayor a medida que ésta es más grande, algo que no debería sorprendernos ya que cuanto más grandes son las organizaciones más conocidas suelen resultarnos y es más fácil que tengamos una valoración de las mismas.

Por si ese mero dato sobre capitalización no fuera suficiente como para tomarse seriamente la gestión de la reputación, ésta proporciona a la empresa ventajas como, por ejemplo, mayores ventas directas,  nuevas ventas por recomendaciones de terceros, consecución y mantenimiento de licencia para operar, o una mayor atracción y retención del talento.

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cambio climático, sostenibilidad

El cambio climático es un problema social.

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En un artículo anterior de este blog hacía unas reflexiones sobre hasta qué punto estamos concienciados para detener el cambio climático y acababa diciendo que de nuestra convicción como sociedad dependía que sus consecuencias no acabaran siendo catastróficas.

Hoy, mientras desayunaba en la barra de un bar, escuchaba la conversación que tenían a mi lado cuatro hombres de mediana edad sobre el “affaire Volkswagen”. Mientras uno de ellos le daba una importancia merecida al tema, otro no tenía una opinión clara, y los otros dos no veían porqué tenían que escandalizarse o preocuparse por algo así, por que unos coches contaminaran más de lo que debían. Lo veían como algo secundario, decían que no se verían estafados si hubieran comprado un modelo de los afectados, que “ahora los coches con los cambios correrán menos y consumirán más” y que “total, porque once millones de coches emitan más contaminantes de la cuenta tampoco nos vamos a enterar”. Literalmente. Que se saltara del tema Volkswagen al del cambio climático había sólo un paso, y se dio. Y como no podía ser de otro modo, las posiciones sobre ese tema venían a ser las mismas que con los coches. Los dos hombres menos concienciados no se tomaban el problema en serio, y lo veían simplemente como un “tema meramente de medio ambiente” muy alejado de que ello les pudiera afectar de una manera directa. Tras acabar mi desayuno y con la conversación rondando en mi cabeza, abandoné el bar.

Si analizamos mínimamente el problema del cambio climático podemos darnos cuenta fácilmente de que más que un problema medioambiental es realmente un problema social pero que contiene elementos medioambientales.

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