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¿Quién vigila a los ratings ASG? Así va a cambiar su gobernanza en Europa

Foto de Brett Jordan en Unsplash

Las calificaciones de sostenibilidad han ido ganando poder en silencio en los últimos años. Influyen en qué empresas entran en índices, en cómo se percibe el riesgo de un bono o en qué productos se venden como sostenibles a clientes minoristas. Sin embargo, quienes ponen la nota han operado en un terreno poco regulado, con metodologías opacas y reglas dispares según el proveedor. 

Con el Reglamento (UE) 2024/3005 sobre la transparencia e integridad de las actividades de calificación ASG (por ambiental, social y de gobernanza), la Unión Europea ha dejado claro que ya no vale seguir funcionando sin reglas comunes: define qué es una calificación ASG, establece requisitos comunes y traslada a la Autoridad Europea de Valores y Mercados (ESMA) la supervisión directa de los proveedores.

En el actual mercado apenas había supervisión nacional, con importantes divergencias entre Estados miembros, falta de transparencia metodológica, conflictos de interés y dificultades para comparar calificaciones. Todo ello, según el texto de del Reglamento, creaba obstáculos al funcionamiento del mercado interior y podía distorsionar decisiones de inversión.

Esta nueva norma entró en vigor el 1 de enero de 2025, pero su aplicación efectiva se retrasa hasta el 2 de julio de 2026, fecha a partir de la cual los proveedores que operen en la Unión deberán estar autorizados o reconocidos por ESMA o, como mínimo, haber notificado su intención de seguir operando y estar en proceso de autorización.

Además, el Reglamento impone a ESMA la elaboración de varias normas técnicas de desarrollo, conocidas como normas técnicas de regulación, que concretan cómo deben solicitar la autorización los proveedores, qué información deben divulgar, de qué manera deben separar actividades potencialmente conflictivas y cómo deben organizar su gobernanza interna. 

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El talón de Aquiles del pilar social europeo: cómo hacer atractivo el trabajo en cuidados

Foto de Dominik Lange en Unsplash

Europa cuenta con un marco social ambicioso, el Pilar Europeo de Derechos Sociales, proclamado y firmado en 2017, y un Plan de Acción publicado en 2021. Pero buena parte de esa promesa se apoya en un sector donde la realidad laboral sigue siendo frágil: el de los cuidados y los servicios sociales. 

Por eso, la Comisión Europea abrió en junio de 2025 una consulta pública y una convocatoria para aportar evidencias con vistas a preparar un nuevo Plan de Acción, y el propio sector ha respondido con diagnósticos muy concretos, como el de la organización europea de empleadores sociales Social Employers. 

Los 20 principios del Pilar Europeo de Derechos Sociales incluyen derechos que dependen de que los cuidados y los servicios sociales funcionen cada díacomo los cuidados de larga duración, la vivienda y la asistencia a personas sin hogar, y el acceso a servicios esenciales (incluida energía y transporte). Dicho de forma sencilla, el “contrato social” europeo no se entiende sin una red de servicios que funcione en el día a día.  

El problema aparece cuando se mira quién sostiene esa red. En su contribución al nuevo Plan de Acción, Social Employers estima que el sector de los servicios sociales emplea alrededor de 10 millones de personas en la UE y advierte de dificultades persistentes para cubrir puestos y retener profesionales.

Por su parte, Eurofound, una agencia de la UE especializada en condiciones de vida y de trabajo, analizó datos de la Encuesta sobre la Estructura de los Salarios (una estadística armonizada que permite comparar remuneraciones entre países) y concluyó que, de media, los salarios en cuidados de larga duración y otros servicios sociales se situaban en torno a un 21% por debajo del salario horario medio nacional.

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Gobernar en terreno inestable: cómo navegar el nuevo mapa de riesgos de 2026

Foto de GR Stocks en Unsplash

La gobernanza corporativa, la “G” de ASG (ambiental, social y gobernanza, también conocido como ESG), se asocia con frecuencia a buen gobierno interno (cumplimiento, anticorrupción, transparencia y controles), pero en 2026 ese marco puede quedarse corto si se mira el contexto de riesgos. 

El Global Risks Report 2026 del Foro Económico Mundial (WEF por sus siglas en inglés) sitúa la confrontación geoeconómica como el riesgo principal para 2026 y coloca la desinformación y la polarización social dentro de los cinco riesgos principales para ese año.

El informe no solo enumera riesgos, también ayuda a entender cómo se conectan. Entre los cinco principales riesgos de 2026 aparecen, junto a la confrontación geoeconómica, el conflicto armado entre estados y los fenómenos meteorológicos extremos, lo que es coherente con un entorno donde se mezclan tensiones entre países, impactos físicos y fractura social. Y cuando el WEF mira a dos años, sitúa la desinformación en segunda posición por severidad, una señal de que el riesgo no es puntual y puede agravarse.

Con esa lectura, el Foro describe una “era de la competencia” marcada por fragmentación, en la que el comercio, la tecnología y las finanzas se usan cada vez más como instrumentos en la rivalidad entre bloques, en un contexto que dificulta la cooperación multilateral. En ese escenario, decisiones que antes parecían relativamente estables (dónde producir, a qué mercados vender, qué proveedores son críticos y por qué rutas se mueve el valor) pueden verse afectadas por tensiones geopolíticas, restricciones y cambios regulatorios.

Eso obliga a que la gobernanza se traduzca en decisiones operativas, no solo en políticas. Definir límites de exposición, acordar qué señales activan planes alternativos y, al mismo tiempo, poner orden en lo que la empresa comunica, de forma que cualquier mensaje relevante pueda sostenerse con datos, método y un rastro interno claro para defenderlo si se cuestiona.

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