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De cárteles, oligopolios y fraudes al consumidor.

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Esta semana hemos asistido al descubrimiento de otro nuevo fraude a los consumidores en forma de pacto de precios entre empresas.

La Comunidad Europea ha sancionado con unos 3.000 millones de euros a los constructores de camiones MAN (propiedad de Volkswagen), Volvo (propiedad de Renault), Daimler, Iveco y DAF, por prácticas como haber pactado los precios de venta de sus vehículos y el calendario para retrasar la introducción de la tecnología necesaria en sus vehículos para cumplir las normas comunitarias en materia de emisiones contaminantes, o haber repercutido en el comprador los costes de cumplir con las normas en materia de emisiones contaminantes.

Además, también se está investigando a una sexta compañía, Scania, propiedad del Grupo Volkswagen al igual que MAN.

El delito ha sido castigado después de que las empresas reconociesen los cargos, dentro de “un procedimiento «amistoso» dirigido a reducir sus multas. Como resultado, el Ejecutivo ha aceptado bajar en un 10% las sanciones, llegando a perdonar por completo la impuesta a MAN, por ser la marca que destapó la existencia del cártel”.

La multa ha sido las más grande hasta la fecha por unas prácticas de cártel, que en este caso se han extendido nada más y nada menos que desde 1997 hasta 2011.

La comisaria de Competencia europea, Margrethe Vestager, “ha insistido en que «no es aceptable» que un grupo de empresas que, en conjunto, fabrican nueve de cada diez camiones de peso medio y pesado en Europa, se una para acordar los precios de venta «en lugar de hacerse la competencia»”.

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Innovemos responsablemente.

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Los últimos avances tecnológicos e inventos innovadores no son siempre bienvenidos por todo el mundo, ni están libres de levantar suspicacias en grandes sectores de la sociedad.

Innovaciones como la impresión 3D, los drones, la realidad virtual, la nanotecnología, los coches que se conducen solos, o aplicaciones como Uber o Airbnb por poner algunos ejemplos, están cambiando o cambiarán en un futuro próximo los paradigmas de cómo la sociedad se comporta, se relaciona, trabaja, consume o se divierte.

Pero esas innovaciones traen consigo en muchas ocasiones dilemas de distinta índole en diversos ámbitos como pueden ser la privacidad, sostenibilidad, seguridad, o la confiabilidad.

Otro ámbito que siempre suele resentirse es el del mercado de trabajo. Todas las innovaciones en general van de la mano de cambios en parte del mercado laboral, en el que en el mejor de los casos se produce una transformación o reconversión de puestos de trabajo y en el peor un balance negativo al destruirse más trabajo del que se crea (lo más habitual).

Las innovaciones y avances tecnológicos suelen hacer valer para muchos aquella máxima de “renovarse o morir”.

Así mismo innovaciones como en su día fue la energía nuclear, independientemente de sus ventajas, crean dilemas relacionados con riesgos bastante extremos en el caso de que se lleguen a materializar.

Podemos decir que vivimos en una “sociedad del riesgo”. El sociólogo Ulrick Beck se refirió a ella como “una manera sistemática de gestionar los peligros e inseguridades inducidos e introducidos por la propia modernización”, enfatizando los riesgos de las nuevas tecnologías en contraposición a sus beneficios.

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