
Lamentablemente, la toma de decisiones poco éticas en las empresas y organizaciones está a la orden del día y últimamente hemos podido ver diferentes ejemplos.
Sin ir más lejos el año pasado el escándalo más sonado ha sido probablemente el de Volkswagen y el falseamiento de las emisiones de sus vehículos, un caso ya tratado en el blog y que ha hecho que algunos públicos hayan realizado críticas feroces a la RSC como método de gestión de las que podríamos hablar largo y tendido.
Otro de los casos ha sido el del fraude contable de Toshiba que infló sus ingresos entre 2007 y 2014 en más de 1.700 millones de euros, y que para sanear sus cuentas se plantea reducir su plantilla en nada más y nada menos que 7.000 puestos de trabajo.
Anteriormente a estos y también en el mundo del automóvil se han dado otros escándalos por parte de empresas que conocían información relativa a la (in)seguridad de sus vehículos y la ocultaron, con fatídicas consecuencias para los usuarios y a la postre también para las finanzas y la reputación de las empresas.
En definitiva, se producen constantemente casos de falta de ética en empresas de todo tipo y tamaño aunque quizá sólo salen a la luz y son conocidos por la opinión pública los más importantes.
Nos preguntamos muchas veces qué lleva a que se produzcan este tipo de acciones, por qué se rompen las reglas morales y legales de manera continuada. Asumimos que esas acciones están hechas por personas racionales que sopesan los pros y los contras de las mismas, las ventajas y riesgos de realizarlas, y que acaban haciéndolas de manera totalmente intencionada.





(ACTUALIZACIÓN: En relación con este tema se puede ver una evolución de la situación 2015-2017 del dieselgate en mi otro post titulado «

