En un artículo anterior de este blog hacía unas reflexiones sobre hasta qué punto estamos concienciados para detener el cambio climático y acababa diciendo que de nuestra convicción como sociedad dependía que sus consecuencias no acabaran siendo catastróficas.
Hoy, mientras desayunaba en la barra de un bar, escuchaba la conversación que tenían a mi lado cuatro hombres de mediana edad sobre el “affaire Volkswagen”. Mientras uno de ellos le daba una importancia merecida al tema, otro no tenía una opinión clara, y los otros dos no veían porqué tenían que escandalizarse o preocuparse por algo así, por que unos coches contaminaran más de lo que debían. Lo veían como algo secundario, decían que no se verían estafados si hubieran comprado un modelo de los afectados, que “ahora los coches con los cambios correrán menos y consumirán más” y que “total, porque once millones de coches emitan más contaminantes de la cuenta tampoco nos vamos a enterar”. Literalmente. Que se saltara del tema Volkswagen al del cambio climático había sólo un paso, y se dio. Y como no podía ser de otro modo, las posiciones sobre ese tema venían a ser las mismas que con los coches. Los dos hombres menos concienciados no se tomaban el problema en serio, y lo veían simplemente como un “tema meramente de medio ambiente” muy alejado de que ello les pudiera afectar de una manera directa. Tras acabar mi desayuno y con la conversación rondando en mi cabeza, abandoné el bar.
Si analizamos mínimamente el problema del cambio climático podemos darnos cuenta fácilmente de que más que un problema medioambiental es realmente un problema social pero que contiene elementos medioambientales.

(ACTUALIZACIÓN: En relación con este tema se puede ver una evolución de la situación 2015-2017 del dieselgate en mi otro post titulado «






