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El último caso sonado de corrupción empresarial en Samsung pone de nuevo sobre la mesa un grave problema que hay que atajar, para el que existen herramientas y ante el cual se necesita determinación.
El arresto de Lee Jae-yong, heredero de Samsung y líder del mayor grupo empresarial de Corea del Sur, acusado de prácticas de soborno, malversación de fondos y cometer perjurio ha sido el mayor escándalo de lo que llevamos de año en esta clase de delitos.
La corrupción es un problema universal difícil de cuantificar económicamente con cifras exactas, pero para hacernos una idea de lo que representa nos pueden servir de ejemplo los datos del Informe sobre la lucha contra la corrupción en la Unión Europea de 2014, según el cual se calculaba que sólo en la U.E. el coste de la corrupción para la economía ascendía a 120.000 millones de euros al año, un poco menos que el presupuesto anual de la Unión.
También, hace unas semanas, analizábamos la edición 2015 del Índice de Percepción de la Corrupción de Transparencia Internacional en el cual se corrobora que la corrupción es un asunto mayoritariamente grave a nivel global, y que España estaba destacando negativamente en una evolución para nada deseable.
Ante la existencia de esta lacra, existen muchas guías para implantar prácticas anti-corrupción tanto dirigidas a instituciones públicas como a organizaciones privadas.
Hoy vamos a analizar dos de las herramientas disponibles para gestionar y reducir el riesgo de corrupción, sin olvidar que son poco menos que inútiles si la organización en la que se utilizan no tiene una Dirección comprometida totalmente con ese propósito.
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