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Trabajar y seguir siendo pobre: la grieta social que no tapa el empleo

Foto de Nik Shuliahin 💛💙 en Unsplash

Tener un contrato ya no garantiza salir de la pobreza. El empleo, para demasiados hogares españoles, se ha convertido en una condición necesaria pero insuficiente.

España cerró 2024 con la tasa de paro más baja en casi dos décadas. Los titulares celebraban cifras de afiliación a la Seguridad Social en máximos históricos, y la narrativa oficial presentaba un mercado laboral que, por fin, funcionaba.

Sin embargo, Eurostat publicó ese mismo año un dato que pone en entredicho toda esa lectura. Uno de cada nueve ocupados no gana lo suficiente para superar el umbral de la pobreza fijado en el 60% de la renta mediana nacional, una cifra que sitúa a España entre los países con peores resultados de toda la Unión Europea, junto a Luxemburgo y Bulgaria, y muy por encima de la media comunitaria del 8,2%.

Lo llamativo es que ese porcentaje lleva años instalado ahí, resistiendo el crecimiento económico y la creación de empleo sin moverse de forma significativa. El dato de 2024 apenas mejora una décima respecto al año anterior, mientras que Finlandia, en el extremo opuesto, está en el 2,8%. La diferencia va más allá de los salarios y apunta a factores más estructurales, como el tipo de mercado laboral que cada sociedad ha construido, la protección que ofrece y las personas que quedan fuera.

La Encuesta de Condiciones de Vida (ECV) del Instituto Nacional de Estadística (INE), cuya edición de 2025 se publicó en febrero de 2026 con datos de renta de 2024, sitúa el riesgo de pobreza o exclusión social en el 25,7% de la población española. Los hogares monoparentales, encabezados mayoritariamente por mujeres, registran una tasa de riesgo del 50,6%, la más alta de todas las tipologías analizadas. El 8,5% declaró llegar a fin de mes con mucha dificultad y el 36,4% no pudo afrontar gastos imprevistos.

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cambio climático, sostenibilidad, tendencias

Más allá del calor: el clima acumula energía y amplifica los extremos

Foto de Jarosław Kwoczała en Unsplash

La Organización Meteorológica Mundial (OMM) deja una idea bastante clara sobre 2025 en su nueva edición del informe State of the Global Climate. Aunque el año no superó el récord de 2024, volvió a situarse entre los más cálidos jamás registrados, con el CO2 en máximos y el océano acumulando más calor que nunca. La cuestión no está solo en la temperatura media, sino en la forma en que ese exceso de energía se reparte ya por todo el sistema climático.

Establecer una comparación respecto a 2024 sirve, pero se queda corto. La temperatura media global quedó 1,43 °C por encima del promedio de 1850–1900, lo que sitúa al año en el segundo o tercer puesto del registro observacional, según la serie utilizada. Más importante aún es la secuencia completa. Los años transcurridos entre 2015 y 2025 son los once más cálidos desde que existen registros globales.  

Esa progresión da la medida real del momento. La cuestión ya no pasa por saber si un año concreto rebasa por unas décimas al anterior, sino por el hecho de que las temperaturas excepcionalmente altas se repiten sin interrupción. 2024 sigue siendo el año más cálido de la serie, con 1,55 °C sobre el nivel preindustrial, pero la secuencia reciente pesa más que la distancia entre ambos años.

Una de las claves para entender esto mejor está en el nuevo indicador incorporado en esta edición del informe: el desequilibrio energético de la Tierra. La diferencia entre la energía que entra y la que sale del planeta ayuda a explicar por qué el sistema climático sigue acumulando calor aunque un año concreto no bata todos los récords del anterior.  

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Informes de sostenibilidad: avances con grietas bajo la lupa de la CNMV

Foto de Xiangkun ZHU en Unsplash

La Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV) revisó la información de sostenibilidad del ejercicio 2024 de las cotizadas españolas y publicó sus conclusiones en marzo de 2026. El documento recoge avances en la adaptación al nuevo marco europeo, pero también detecta carencias en la preparación y presentación de parte del contenido publicado.

De los 123 emisores con informe financiero anual consolidado del ejercicio 2024 cuya supervisión corresponde al organismo, 99 incluyeron en el informe de gestión su estado de información no financiera o reporte de sostenibilidad, y 87 presentaron además desgloses de taxonomía medioambiental.

A partir de ese material, la CNMV hizo una revisión formal general y, en una parte de las entidades, un análisis más profundo que dio lugar a requerimientos adicionales y a recomendaciones para próximos ejercicios.

La revisión se mueve en un terreno muy concreto: comprueba cómo explican las entidades sus asuntos materiales, qué perímetro cubren y con qué precisión presentan algunos de los desgloses exigidos por el nuevo marco europeo. 

El informe presta atención a la preparación de la información, a los criterios de materialidad y a los controles internos que intervienen en su elaboración y revisión. Ese enfoque desplaza el centro del análisis hacia la organización de la empresa y hacia la calidad del proceso que sostiene el informe, traspasando el terreno técnico del reporte y entrando en un espacio mucho más cercano al gobierno corporativo.

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ética, compras, tendencias, transparencia

Quién responde cuando falla un producto digital

Foto de Alexandre Debiève en Unsplash

El Cyber Resilience Act (CRA), Reglamento (UE) 2024/2847, fija requisitos de ciberseguridad para productos con elementos digitales que se comercializan en la Unión Europea y exige requisitos y obligaciones a lo largo del periodo de soporte del producto. El marco define cómo deben notificarse las vulnerabilidades explotadas y los incidentes graves que afecten a la seguridad del producto, con un procedimiento de notificación definido.

Cuando un producto digital llega al mercado, lo que se compra no es solo que funcione en el momento de la venta, sino también que pueda seguir funcionando de forma segura con el paso del tiempo, sin abrir grietas cuando aparecen fallos, se publican vulnerabilidades o cambian las condiciones de uso.

No hace falta un incidente espectacular para que el riesgo se materialice. Bastan retrasos en parches de seguridad, configuraciones poco seguras que se acaban aceptando como normales, dependencias externas que cambian sin que el usuario tenga forma realista de seguirlas o un soporte que pierde intensidad cuando el producto ya está desplegado.

La Unión Europea resume el problema con dos ideas principales. Muchos productos muestran un nivel insuficiente de ciberseguridad y no siempre reciben correcciones de seguridad a tiempo. A la vez, compradores y usuarios no siempre pueden saber qué productos son realmente ciberseguros ni configurarlos bien sin conocimientos especializados. Con esa combinación, incluso organizaciones que quieren hacerlo bien se encuentran con una dificultad práctica, porque evaluar y exigir seguridad de forma consistente no es sencillo.

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