cambio climático, sostenibilidad, tendencias

Ecoansiedad: otra de las consecuencias del cambio climático.

Photo by Fernando @cferdo on Unsplash

Año tras año, vemos que las famosas conferencias de las partes, o COP según sus siglas, no dan los resultados que todos los que nos dedicamos a estos temas esperamos.

Falta de compromisos, falta de acuerdos o acuerdos de mínimos, dificultades en las negociaciones, poca ambición, medidas superficiales, países responsables de las mayores emisiones de CO2 que no participan,  son algunas de las razones por las que los resultados de la COP son tan paupérrimos si se comparan con lo que podrían llegar a ser.

Como sociedad y teniendo en cuenta todos sus agentes, tenemos un montón de tareas y compromisos a cumplir, que están siendo incumplidos, y que terminarán probablemente lejos de los objetivos marcados.

Entre estos están la Agenda 2030, los Objetivos de Desarrollo Sostenible, los acuerdos de la cumbre de París, los 1,5 grados centígrados, etcétera, etcétera.

Leemos (y también escribimos y hacemos de promotores) sobre cómo mejorar en muchos aspectos, como cumplir con los ODS a niveles empresariales, educativos, en organizaciones públicas y privadas, cómo integrar la Agenda en esos niveles, etc., pero seguimos constatando que los objetivos no se cumplen y que nos quedaremos con suerte a medio camino de su cumplimiento.

En el fondo, podemos poner casi cualquier acuerdo o compromiso en temas de sostenibilidad que se nos ocurra y casi seguro que acabará incumplido.

 

¿Qué nos queda ante este panorama de incumplimientos?

Estamos todavía despertándonos de la resaca de la COP de Chile realizada en Madrid, con el sabor agridulce que suelen dejar estos eventos.

Nuestro corazón nos dice que todavía hay esperanza, que no ha sido todo tan malo como podía haber sido, que entre todos podemos, que aún queda algo de tiempo, que alguna tecnología o un cambio de gobierno en algún país poderoso hará que la cosa se arregle, que hay que tener paciencia y a la vez confianza.

Pero, cuando se nos pasa un poco ese estado tan agradable pero a la vez tan efímero y vaporoso, nuestro cerebro nos despierta rápidamente con un aldabonazo de realidad, que sigue resonando durante mucho tiempo dentro de nuestra cabeza, y que podría resumirse en palabras como decepción, resignación o angustia.

Decepción, porque parece que no aprendemos, que tanto a los poderosos como a los políticos y a una parte de la sociedad (no sé qué porcentaje) lo de la sostenibilidad del planeta, y por ende la nuestra como civilización, les importa más bien poco y anteponen toda una serie de intereses tanto económicos, como de poder o simplemente de bienestar personal a procurar que tanto nuestra generación como otras futuras puedan vivir en un mundo ya no digo mejor (que quizá sería hasta mucho pedir), sino al menos igual al que tenemos ahora.

Resignación, porque muchísimas personas ya van pensando en que poco vamos a poder hacer, en intentar capear el temporal de la mejor manera que se pueda, y sin poner grandes esperanzas en que haya mejoras a la vuelta de la esquina que nos hagan ser un poco más optimistas. Ya no digo poner pocas esperanzas en los acuerdos, las COP, los ODS, etc. puesto que poco a poco creo que se han ido perdiendo ya.

Un problema como el cambio climático, el mayor reto al que nos enfrentamos como sociedad, se ha visto hasta hace poco como algo lejano, pero estamos ya sufriendo sus consecuencias en un momento en que intentar revertir la situación es algo ya fuera de nuestro alcance, incluso si pusiéramos muchísimo esfuerzo en ello (lo cual, además, no va a suceder).

Ante lo anterior solo queda resignarnos, cruzar los dedos y esperar que el futuro sea suave dentro de lo malo.

Por último, otra posible consecuencia en la sociedad del no cumplimiento de objetivos y compromisos climáticos y medioambientales es la angustia.

Para una determinada parte de la población, dentro del sector más comprometido con la sostenibilidad, ver que no se llega a compromisos, que los pocos que hay no se cumplen, que el horizonte a medio plazo es bastante gris, y que sus esfuerzos personales en mejorar la situación se diluyen en el mar de irresponsabilidades de terceros, les provoca lo que se ha denominado como solalstalgia o eco-ansiedad.

 

Un nuevo trastorno de nuestro tiempo.

Bajo este nombre tan curioso se esconde un tipo de ansiedad que sin duda irá a más y afectará a un gran número de personas en el futuro.

La Asociación Estadounidense de Psicología define la eco-ansiedad como “un temor crónico de un cataclismo ambiental; un estrés causado por los impactos aparentemente irrevocables del cambio climático, y por preocuparse por el futuro de uno mismo, de los niños y las generaciones futuras”

Por tanto, en pocas palabras, es un trastorno de la ansiedad relacionado con el cambio climático y el medio ambiente.

Ante el continuo y diario goteo de noticias respecto al fracaso en contener la temperatura del planeta en unos grados determinados, las relacionadas con los fracasos en cumbres climáticas y demás, y los efectos del cambio climático que se ven día a día por televisión y en nuestro entorno más cercano, las personas más sensibles se sienten cada vez más afectadas por todo ello en una especie de pez que se muerde la cola.

Uno de los pensamientos y preocupaciones más habituales en estas personas es el escaso impacto de sus acciones en la lucha climática, mientras ven a su alrededor que no solo las organizaciones y los políticos no dan la talla sino que muchos de sus conciudadanos no están para nada concienciados.

Esta ansiedad provoca también en los afectados una necesidad de continua información sobre el cambio climático, sus impactos y cómo pueden contribuir en la lucha contra la crisis medioambiental que vivimos.

La preocupación constante en el medio ambiente y el clima hace que decisiones como qué se come, qué se compra o cómo y a dónde se viaja sean tomadas siempre bajo un prisma medioambiental.

Incluso decisiones de futuro tan relevantes e íntimas como la de decidir tener descendencia se toman en esa clave.

Incluso parejas que han tenido hijos se acaban planteando si realmente han hecho lo correcto o si han traído al mundo un ser que no sólo contribuirá a la destrucción del planeta sino que también sufrirá unas peores consecuencias durante su vida que las que les tocará vivir a sus padres.

Como es fácil de imaginar, cuando estas preocupaciones son llevadas al extremo pueden acabar en serios problemas de salud mental y desembocar en paranoias que deban ser tratadas por especialistas.

 

¿Qué se puede hacer ante este trastorno?

Las recomendaciones que los psicólogos expertos proponen para que las personas afectadas superen este trastorno se pueden resumir en una sola: ser optimista.

Continuar con las acciones positivas para el medio ambiente pero sin tomárselo como una opción de vida ni preocupándose en demasía, pero a la vez actuando como concienciadores del resto de personas, es otro de los consejos de los psicólogos para las personas eco-ansiosas.

Esa labor de concienciación es algo quizá un poco difícil de gestionar, puesto que si el mensaje que se da sobre el cambio climático es optimista, al público no le parece de suficiente importancia lo que está ocurriendo y no hacen nada para solucionarlo.

Si, por el contrario, el mensaje que se transmite es catastrofista la gente no actúa puesto que ya ve que no se va a poder hacer nada, así que para qué cambiar sus hábitos.

Sea como fuere, más allá de mensajes catastrofistas, de fracasos de cumbres y de pocos compromisos, siempre pienso que no debemos rendirnos.

Tras el inicio pesimista del inicio del artículo, no quiero finalizarlo sin dejar claro (como siempre hago) que en nuestras manos, las de todos los habitantes del planeta está el hacer que las consecuencias en el medio ambiente sean lo menos graves posibles.

Nunca hemos de dejar de intentar mejorar, lejos de extremismos y sin causarnos trastornos psicológicos.

Cualquier mejora en un ODS, una décima parte de grado centígrado menos, un compromiso con el medio ambiente llevado a cabo con éxito, va a representar un futuro menos difícil para nosotros y para los que vengan detrás.

 

 

Nota: Este artículo fue publicado el 31-12-19 en Compromiso Empresarial.

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