Ya no es cuestión de si va a llegar, sino de cuándo. Esa expresión, que últimamente se está utilizando para advertir de un posible apagón eléctrico a gran escala, es también aplicable a la llegada del llamado metaverso.
En los próximos años, se creará un universo en internet, accesible mediante realidad virtual, que cubrirá todas las áreas de la vida: entretenimiento, interacción social y vida laboral, y que traerá una serie de retos más allá de su propia complejidad técnica, que no son otros que los relacionados con las reglas que regulen su funcionamiento.
Se estima que para que sea posible una adopción masiva del metaverso por parte de sus, llamémosles, ciudadanos o usuarios, será necesario que exista solo un metaverso estandarizado y no diversos metaversos no conectados entre ellos o con funcionamientos diferentes.
Por esa razón, empresas como Facebook, Microsoft y otras de origen chino se han puesto en marcha para ganar la carrera por conseguir ser los primeros en crear algo con cara y ojos al que las demás deban adaptarse. Es decir, el primero que llegue a obtener el producto podría convertirse en el único propietario del mismo, con las consecuencias que una implementación de ese puede tener a nivel económico y de poder.
La corrupción sigue siendo uno de los mayores obstáculos para el desarrollo económico y social que, además de socavar la agenda 2030 para el desarrollo sostenible, distorsiona los mercados y afecta de forma desproporcionada a los más vulnerables.
Delitos como el soborno, el cohecho, la connivencia, el fraude, los pagos de facilitación, o la manipulación de licitaciones son un problema global que no puede ser abordado por un solo país o un solo actor y requiere una respuesta multilateral que adopte la forma de un enfoque de toda la sociedad.
Todas las partes interesadas deben actuar colectivamente para hacer frente a la corrupción con eficacia, avanzar en la integridad de las empresas y lograr una economía mundial más transparente tal y como resalta el informe “Uniting against corruption: A Playbook on Anti-Corruption Collective Action” realizado por el Global Compact de las Naciones Unidas.
El Congreso de Responsabilidad Social, referente obligado para los interesados en la responsabilidad social, se ha desarrollado los días 10, 11 y 12 de febrero, tanto de manera presencial como virtual a través de una plataforma que además de permitir seguir las ponencias facilitaba el contacto en línea entre los asistentes, reemplazando así al clásico networking que se desarrolla paralelamente en este tipo de eventos.
En la séptima edición de esta cita bienal, el Congreso ha dejado de lado su denominación nacional para pasar a ser internacional, al abrirse la participación tanto a ponentes como a asistentes internacionales.
En esta ocasión, el título elegido por el Comité Científico del Congreso ha sido “Responsabilidad Social: Medir para transformar”, resaltando que no es posible hablar de gestión de responsabilidad social si las organizaciones y las empresas no son capaces de rendir cuentas de manera transparente sobre las iniciativas que llevan a cabo.
Durante los tres días del evento se realizaron diversas ponencias y mesas de diálogo que trataron, entre otros temas, sobre propósito, comunicación, sostenibilidad, formación, fiscalidad, empleo o medio ambiente, siempre desde la perspectiva de cómo medir el progreso en dichos ámbitos.
El primer accidente de circulación con resultado de muerte causado por un coche autónomo ha llegado a juicio en los Estados Unidos en este mes de septiembre, y plantea serias dudas sobre quién debe ser considerado responsable de dicha muerte.
Concretamente, los hechos que van están siendo juzgados ocurrieron en la noche del 27 de agosto de 2018, cuando una mujer cruzaba a pie con una bicicleta una calle de la localidad de Tempe, Arizona, y fue atropellada por un vehículo autónomo de Uber que estaba en pruebas.
Los sistemas del coche, cuyo conductora de respaldo en ese momento estaba distraída mirando un programa de televisión en su móvil, detectaron a la peatón 5,6 segundos antes del choque pero no detuvieron el vehículo ya que no pudieron determinar si era un ciclista, un peatón o un objeto desconocido, o si se dirigía hacia el camino del vehículo.
Esta figura del conductor de respaldo obedece a la necesidad de que una persona supervise en todo momento las reacciones del vehículo en pruebas y tome decisiones si por la razón que sea el coche no actúa como debiera.
En ocasiones, las acciones para aumentar la sostenibilidad de las empresas y de los productos que estas venden son, cuanto menos, contradictorias o, casi casi, una tomadura de pelo.
Un ejemplo de esto es el comportamiento de Apple, que parece que en temas de sostenibilidad va dando una de cal y una de arena con un resultado que es, por esa misma razón, entre llamativo y tendiente al greenwashing.
Vaya por delante que soy usuario desde hace años de productos de la manzana mordida en todas sus expresiones. Lejos de ser lo que se conoce por un fanboy, es decir, alguien que adora y defiende algo de alguien o una marca en todas las situaciones, me encanta la facilidad de uso de sus productos, el esmerado ecosistema de dispositivos y aplicaciones que hace sencillo trabajar en una misma cosas desde distinto cacharros y te “retiene” de cambiar a otras marcas y productos, y también hay que decirlo, el cuidado diseño y estética de (casi) todo lo que fabrican.
En el mes de octubre me contactó Àlvar Hernández para dar mi opinión en el artículo “Los españoles más ricos: menos ricos, pero más solidarios”, publicado dentro del número 78 de la revista Forbes perteneciente al mes de noviembre-diciembre de 2020.
Dicho artículo versa sobre la filantropía personal de los dueños o accionistas mayoritarios de las empresas y de la responsabilidad social de éstas últimas.
De nuevo, se señala en el artículo la diferencia entre filantropía y RSC. Aunque la filantropía puede formar parte de las estrategias de RSC de una empresa, ésta última va mucho más allá que un simple gesto filantrópico. La filantropía trata de lograr cambios social mediante la realización de generosas contribuciones económicas, mientras que la RSC es mucho más amplia y trata de minimizar o eliminar los impactos negativos que la actividad que las empresas tienen en los grupos de interés, mientras tratan de maximizar aquellos positivos.
Dentro de una estrategia de RSC hay lugar para la filantropía, pero la filantropía por sí sola no es RSC. La RSC no trata sobre cómo la empresa gasta el dinero que gana, sino cómo lo está ganando. La filantropía entraría de lleno en cómo se están gastando los beneficios de una empresa, tanto si se hace a título empresarial, como si es a título individual por parte de sus dueños o accionistas.
La RSC es una forma de gestión que aporta a las empresas numerosas ventajas. Todos los grupos de interés de la empresa pueden verse beneficiados de una gestión socialmente responsable, desde los empleados, pasando por los clientes y proveedores, hasta llegar a las propias comunidades locales de los lugares en los que la empresa opera, por citar algunos. Y toda esa mejora en las condiciones de esos grupos de interés, y en las del medio ambiente, la sociedad y la economía revierte positivamente en la empresa.
Por su parte, la mejora de la marca personal del empresario debida a sus acciones filantrópicas es innegable, aunque siempre existen, para una parte de la sociedad, suspicacias de si esas acciones se realizan por convencimiento real o tienen como fin el ahorro de impuestos o el “lavado de cara” del donante, sobre todo si éste es dueño o gran accionista de una empresa que se vale de triquiñuelas para pagar menos impuestos y/o cuya RSC es mejorable.
Por último, en el artículo también se señala que la pandemia mundial de Covid es una gran oportunidad para que las empresas realicen una RSC más auténtica y genuina, que contribuya a corto plazo a abordar los urgentes desafíos sociales y ambientales que acechan al planeta, y que, como resultado, construya una relación más sólida con sus grupos de interés.
En las actuales políticas de RSC están ganando prioridad los clientes y empleados y, por tanto, se priorizan temas como la salud y seguridad de empleados y clientes, la digitalización y la realización de una comunicación eficiente que construya confianza y reputación.
Mientras, la filantropía tanto individual, empresarial como institucional ha sido receptiva a la situación y se ha movilizado de manera ágil y comprometida. Se ha invertido más en comunidades locales y se han establecido alianzas para llegar más lejos y más rápido con las donaciones.
La respuesta a la crisis provocada por el coronavirus ha puesto de nuevo de manifiesto la gran relevancia que las empresas tienen en la sociedad y su papel fundamental a la hora de dar respuestas rápidas a las situaciones más críticas, globales e inesperadas.
Muchas organizaciones han impulsado la RSE en diferentes ámbitos y han demostrado un comportamiento ejemplar poniendo sus recursos a disposición de la comunidad, dando respuesta a necesidades productivas, sanitarias, económicas, materiales y sociales.
La situación actual representa una gran oportunidad para la construcción de un mundo más sostenible, equitativo y que ponga el foco en las personas, así como para el asentamiento de los cimientos de un nuevo orden económico y social que tenga la aceleración digital como uno de los elementos clave.
Barreras como las dificultades de implementación o la desvinculación con la estrategia del negocio son, entre otras, las que hacen que el voluntariado corporativo sea una de las asignaturas pendientes de las empresas. Para ayudar a las organizaciones en la gestión del voluntariado nació Companies for Good.
La idea de Companies for Good surgió en Dubái a inicios de 2017 de la mano del emprendedor social Marc Cirera, tras darse cuenta de que muchas empresas de la región querían operar de forma más sostenible e involucrar a sus trabajadores en la creación de impacto social, pero no sabían como hacerlo ni tenían un equipo interno que pudiera dirigir el cambio.
Marc decidió entonces fundar Companies for Good, comenzando con una web muy sencilla y ofreciendo un par de iniciativas de voluntariado corporativo. En unos días, DHL contrató una limpieza de playas y justo después el equipo de Kellogg’s quiso plantar arboles, y ahí empezó todo.
La actual crisis del coronavirus va a traer grandes cambios tanto a nuestra sociedad como a las empresas. La adaptación de éstas últimas a esos cambios se va a tener que hacer no solo pensando en la empresa como un ente sino también en las interrelaciones que ésta tiene con su entorno.
Mantenerse firmes y guiarse en el propósito y los valores empresariales es la mejor manera para afrontar esta nueva situación. A esa conclusión llegaron los participantes en el webinar “El propósito corporativo: clave para la salida de la crisis del COVID 19” que organizó Señor Lobo & Friends con la participación de tres ponentes de diferentes sectores que aportaron sus ideas y visión de cómo han de comportarse las organizaciones durante la crisis.
Para los ponentes, el propósito corporativo ha de ser algo más que unas letras en un papel. En momentos de cambios transcendentales como el que estamos viviendo es esencial que las empresas expliquen tanto a la sociedad como a sus empleados cuál es ese propósito y transmitan sus valores en cada acción que realicen, contribuyendo con esos gestos al bienestar social.
La reputación de una empresa depende de la suma de las diferentes percepciones que los grupos de interés tienen de ella, siempre en ámbitos directamente relacionados con ella pero que, a su vez, no dejan de estar sujetos a tendencias temporales que también juegan su papel en cómo se percibe esa reputación.
Tomando como modelo de medición de la reputación Reptrak, ideado por el Reputation Institute, los ámbitos sobre los que las personas forman su opinión de una empresa son los relacionados con sus productos y servicios, innovación, gobernanza, lugar de trabajo, ciudadanía, liderazgo y rendimiento económico.
Son esas percepciones las que harán que se creen en el público intenciones de compra y/o “evangelización” de sus productos o servicios, de defensión de la marca ante terceros, o de intención en invertir en la empresa o trabajar para ella.
Todas esas intenciones anteriores son medibles por la empresa a través del aumento en ventas, beneficios, lealtad a sus productos o servicios, valor de mercado y licencia para operar.