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La pandemia de la COVID-19 nos ha traído de repente, sin esperarlo, grandes cambios en nuestra forma de relacionarnos, trabajar o plantearnos el futuro ya no a largo ni medio plazo, sino a corto.
Más o menos un mes antes de que empezara la cuarentena, cuando aquí no nos planteábamos ni por asomo que podíamos estar encerrados en nuestras casas por el virus y mucho menos más de tres meses, escribía un artículo al respecto de los beneficios del teletrabajo para mitigar el cambio climático (véase ¿Podría ser el teletrabajo un aliado contra el cambio climático?).
Aquel escrito planteaba una serie de cuestiones que, aunque ahora siguen teniendo vigencia y todo el sentido, quizá han pasado a un segundo plano cuando el teletrabajo no ha sido algo a lo que se optado con un cierto tiempo de aclimatación, sino que ha sido implantado por causa de una pandemia de un día para otro, en un porcentaje elevado de trabajos (se estima que el 34% de los ocupados en España), y de la mejor manera que se ha podido, aunque en muchos casos las condiciones han diferido bastante de ser las ideales.
Teletrabajar no solo supone una serie de cambios en la manera en que se llevan a cabo las tareas, sino que también impacta claramente en las vidas personales de los trabajadores, desde la necesidad de un lugar o la infraestructura adecuada para trabajar en casa hasta los propios cambios relativos a la conciliación de la vida laboral y personal.
Está claro que no se puede teletrabajar de cualquier manera, sobre todo si el teletrabajo, como se está diciendo, ha llegado para quedarse en multitud de trabajos que no hacen necesaria la constante presencia del trabajador en las dependencias de la empresa.
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