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IA y consejos de administración, de la ética en el papel a la gobernanza real

Foto de Bennie Bates en Unsplash

La inteligencia artificial (IA) ya está dentro de las empresas, pero no siempre dentro del consejo de administración. Mientras los discursos sobre ética y responsabilidad se multiplican, los datos muestran una brecha incómoda: los órganos de gobierno hablan más de valores que de capacidades concretas para supervisar algoritmos, riesgos y decisiones automatizadas.

Varios informes publicados en los últimos meses dibujan el mismo mensaje: la gobernanza de la IA se ha convertido en uno de los grandes exámenes de la “G” de ASG (gobierno corporativo).

En muy poco tiempo, la IA ha pasado de ser una promesa lejana a un recurso cotidiano en muchas compañías: ayuda a redactar informes, resume documentación, analiza datos masivos o asiste en tareas rutinarias. Cuando se habla de IA se incluye no solo a los algoritmos tradicionales, sino también a la llamada IA generativa: sistemas capaces de crear texto, código o imágenes a partir de instrucciones sencillas, como los asistentes conversacionales que empiezan a colarse en procesos internos.

Este salto tecnológico tiene una consecuencia directa en la gobernanza. Si los algoritmos participan en decisiones que afectan a clientes, personas trabajadoras, proveedores o inversores, dejar la IA en manos exclusivas del área de tecnología ya no es suficiente.

Un informe global de Deloitte realizado en 56 países muestra una imagen clara de esta transición. Un 31% de los encuestados reconoce que la IA ni siquiera está en la agenda del consejo, aunque esa cifra ha mejorado frente al año anterior. Solo un 17% afirma que se discute en todas las reuniones, y un 19% la aborda una vez al año. 

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Cuando la electricidad limpia no encuentra por dónde pasar

Foto de Thomas Despeyroux en Unsplash

La transición energética está batiendo récords de capital, pero la seguridad eléctrica progresa con lentitud. De los 3,3 billones de dólares que se invertirán en energía en 2025, apenas 400.000 millones irán a las redes que transportan la nueva electricidad limpia.

La Agencia Internacional de la Energía (IEA en inglés), en la edición 2025 de su publicación World Energy Investment, calcula que el flujo de capital hacia el sistema energético será este año el más alto registrado y con dos tercios destinados a tecnologías limpias como renovables, redes, almacenamiento y electrificación de usos finales.


Ese torrente, sin embargo, fluye de forma desigual. El mismo informe muestra que la inversión anual en infraestructuras de red apenas ronda los 400.000 millones de dólares, mientras los nuevos activos de generación absorben cerca de 1 billón de dólares. Para mantener la seguridad eléctrica, la Agencia advierte que el gasto en redes debe escalar “hacia la paridad” con el de generación.

A esa brecha de capital se añaden cuellos de botella en la oferta de equipos. El índice de la IEA sobre materiales para redes indica que el precio de cables y transformadores casi se ha duplicado en cinco años, presionado por la demanda y por cadenas de suministro tensas. La falta de músculo financiero en muchos servicios básicos de economías emergentes amplifica el problema y retrasa proyectos críticos.

Mientras tanto, el acceso universal sigue lejos de alcanzarse. El informe conjunto Tracking SDG 7 – Energy Progress Report 2025 del World Bank Group registra que 666 millones de personas siguen sin electricidad y que el 92% de la población mundial conectada enfrenta cada vez más cortes por fenómenos extremos.

Por su parte, el Asian Development Bank (ADB), en su dossier sobre resiliencia energética frente a clima severo, subraya que estos eventos “ponen a prueba la resistencia física de las redes de transmisión y distribución” y que la adaptación ya no puede tratarse como un simple añadido, sino como un objetivo central de cada proyecto.

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Rumbo al cielo limpio: el papel del hidrógeno y la electricidad en la aviación

Foto de John McArthur en Unsplash

En 2024 la aviación vivió su momento más intenso desde antes de la pandemia: el número de pasajeros no solo recuperó, sino que superó en un 5% los niveles de 2019, impulsando un beneficio neto combinado de 30.500 millones de dólares y situando los ingresos globales en camino de rebasar por primera vez el billón de dólares en 2025.

Sin embargo, esta recuperación choca con un obstáculo de primer orden que ya había advertido el informe Global Aviation Sustainability Outlook 2025 del Foro Económico Mundial (WEF): la disponibilidad y el coste del combustible de aviación sostenible (SAF). 

El SAF es un combustible alternativo al queroseno habitual, elaborado a partir de materias primas renovables como aceites usados, residuos agrícolas o CO₂ capturado, que se convierte en un líquido apto para los motores actuales mediante diversos procesos. Gracias a su origen limpio y a la eficiencia de estos procesos, las emisiones de CO₂ a lo largo de su ciclo de vida son sustancialmente menores que las del combustible fósil convencional.

Aunque en septiembre de 2023 el SAF costaba el doble que el queroseno convencional en Europa, en noviembre de 2024 esa diferencia se redujo hasta quedar apenas un 20% por encima, pero la recuperación del tráfico ha mantenido la demanda global por encima de la oferta.

En ese mismo informe, los directivos del sector sitúan además en sexta posición a la disponibilidad y el coste de la electricidad verde, el hidrógeno e infraestructura asociada como riesgo crítico para la descarbonización, recordando que las tecnologías de propulsión eléctrica e hidrógeno aún se encuentran en fase temprana y necesitan un respaldo logístico y regulatorio sólido.

Por si fuera poco, el calendario aprieta: antes de la Asamblea General de la Organización de Aviación Civil Internacional (OACI) en septiembre de 2025, los Estados deben presentar sus planes nacionales de acción para la aviación sostenible, unas hojas de ruta que marcarán los mandatos de SAF, las inversiones en electrólisis y el despliegue de infraestructuras de carga o repostaje de hidrógeno.

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El estándar “B” de impacto empresarial se reinventa en 2025

El pasado mes de abril, B Lab presentó la mayor puesta al día de su sello B Corp desde su creación en 2006. La revisión coincide con la consolidación de una comunidad que ya supera las 9.000 empresas en más de un centenar de países, todas empeñadas en demostrar que se puede hacer negocio generando un impacto social y ambiental tangible.

En 2006, tres emprendedores de Filadelfia dejaron el capital riesgo para crear B Lab, la organización sin ánimo de lucro que lanzaría un sello inédito: la Certificación B Corp, concebida para demostrar que una empresa genera valor social y ambiental al mismo tiempo que beneficios. 

Doce meses después se certificaron las primeras 82 compañías; desde entonces la comunidad ha crecido hasta reunir unas 9.000 empresas repartidas en 102 países y 160 sectores, con más de 930.000 trabajadores. Nombres conocidos como Patagonia, Ben & Jerry’s o Danone presumen hoy del logo “B” en sus productos, y miles de pymes lo emplean para diferenciarse ante clientes, inversores y talento.  

Ese éxito, sin embargo, trajo consigo tensiones. El estándar original se basaba en obtener al menos 80 de 200 puntos en la herramienta de evaluación de impacto. El sistema permitía concentrar buenas prácticas en un área (por ejemplo, clima) y, a cambio, mostrar un desempeño modesto en otra, como salarios o diversidad. 

A medida que la certificación atrajo a grandes multinacionales (casos polémicos como Nespresso o Evian), críticos y B Corps más pequeñas alertaron de que la flexibilidad generaba confusión entre consumidores y diluía el significado del sello. Al mismo tiempo, nuevas normas de transparencia (como la CSRD europea) y la presión de inversores que quieren métricas comparables subieron el listón de lo que se considera “buen impacto”.  

Con ese trasfondo, B Lab inició en 2020 un proceso de reforma que incluyó dos consultas públicas y 26 000 aportacionesde empresas, ONG y académicos. El resultado vio la luz el 8 de abril de 2025: un marco completamente rediseñado que deja atrás la lógica de puntos y exige que cada empresa demuestre mínimos verificables en siete grandes ámbitos de impacto. 

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“El Plan europeo de Automoción puede facilitar el despliegue masivo de vehículos eléctricos”

Foto de CHUTTERSNAP en Unsplash

La Comisión Europea presentó recientemente el Plan de Acción Industrial para la Automoción, una iniciativa que surge en un momento clave para el futuro del sector automovilístico europeo, en pleno proceso de transición hacia una movilidad más sostenible. 

Este plan busca dar respuesta a importantes retos como la necesidad urgente de reducir emisiones, fomentar la independencia energética a través de fuentes renovables, y asegurar la competitividad de la industria europea frente a mercados internacionales cada vez más fuertes. 

Entre sus principales propuestas se encuentran la armonización europea de las ayudas a la adquisición de vehículos eléctricos, el fortalecimiento de la cadena de suministro mediante la fabricación local de baterías y componentes esenciales, así como un decidido impulso al desarrollo y ampliación de infraestructuras de recarga en todos los países miembros.

Para comprender mejor la dimensión real de este plan y cómo puede afectar al panorama de la movilidad sostenible, hemos entrevistado a May López, directora de desarrollo de la Plataforma de Empresas por la Movilidad Sostenible, experta con amplia experiencia en movilidad, sostenibilidad y gestión empresarial. 

A lo largo de esta entrevista nos ofrece su visión crítica y constructiva sobre cómo las medidas propuestas pueden traducirse en resultados concretos a diferentes niveles.

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El nuevo pacto industrial europeo: transformación y competitividad en la era limpia

Foto de Lenny Kuhne en Unsplash

Coincidiendo con la publicación del paquete Ómnibus el 26 de febrero, la Comisión Europea presentó el Clean Industrial Deal (CID), una iniciativa que busca reformar el modelo productivo de la UE bajo criterios de sostenibilidad y competitividad para garantizar que la industria europea mantenga su liderazgo global en innovación sin comprometer los límites ambientales del planeta.

Más que una estrategia climática aislada, el CID introduce un marco regulador que impulsa la producción sostenible, promueve inversiones en tecnologías limpias y refuerza la resiliencia económica frente a la crisis climática y la volatilidad de los mercados globales. 

La industria europea enfrenta retos sin precedentes en un contexto de transformación económica en el que no puede seguir dependiendo de combustibles fósiles y materias primas no renovables sin comprometer su viabilidad a largo plazo. Esto se debe no solo a razones ambientales, sino también económicas: el encarecimiento de la energía, la competencia con mercados menos regulados y la necesidad de asegurar el acceso a materias primas estratégicas han obligado a la UE a acelerar su transición industrial.

El CID se publicó dentro de los primeros 100 días del nuevo mandato de la Comisión Europea, un período estratégico que marca el inicio de una nueva agenda política y económica. La necesidad de implementar sus medidas con rapidez responde a un contexto de alta presión: Europa debe reducir su dependencia energética, fortalecer su autonomía industrial y consolidar un modelo productivo basado en la circularidad y la eficiencia. 

Si bien existen regulaciones previas en materia ambiental e industrial, el CID busca integrar estos esfuerzos en una estrategia unificada que permita a la industria europea adaptarse a las exigencias del mercado sin perder competitividad.

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Naturaleza y finanzas: un vínculo crucial para el futuro de la economía global

https://hazrevista.org/rsc/2024/10/naturaleza-finanzas-vinculo-crucial-futuro-economia-global/

La degradación del medio ambiente y la pérdida de biodiversidad están emergiendo como riesgos significativos para la estabilidad financiera mundial. Estas amenazas, antes consideradas preocupaciones ambientales exclusivas, ahora son reconocidas por los reguladores financieros como factores capaces de alterar la economía y el sistema financiero global.

En este contexto, el Consejo de Estabilidad Financiera (FSB, por sus siglas en inglés), organismo internacional que supervisa y formula recomendaciones sobre el sistema financiero mundial, ha comenzado a tomar medidas para coordinar los esfuerzos internacionales con el fin de identificar y evaluar los riesgos financieros relacionados con la naturaleza. 

Este enfoque se enmarca dentro de las iniciativas más amplias impulsadas por el G20 para desarrollar políticas regulatorias y supervisar las amenazas ambientales que impactan en la estabilidad financiera.

El cambio climático ha sido históricamente la preocupación dominante en cuanto a riesgos financieros relacionados con el medio ambiente. Sin embargo, la pérdida de biodiversidad y la degradación de los ecosistemas han comenzado a destacar como áreas críticas de atención para las autoridades financieras, ya que la dependencia de las economías modernas de los servicios ecosistémicos esenciales es significativa. 

Estos servicios, que incluyen la provisión de agua, la polinización, la protección contra inundaciones y la regulación del clima, juegan un papel fundamental en el funcionamiento de los sistemas productivos y en la sostenibilidad de las cadenas de suministro.

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Moda y cambio climático: un vínculo que no se debe ignorar

Foto de freestocks en Unsplash

La industria de la moda se encuentra en el centro de una de las crisis más grandes de nuestra era: el cambio climático. El sector contribuye significativamente a las emisiones globales de gases de efecto invernadero (GEI), un factor clave en el calentamiento del planeta. De acuerdo con el informe “What Fuels Fashion?” realizado por la organización Fashion Revolution, si la industria de la moda continúa con su ritmo actual, podría superar el límite de 1.5°C de calentamiento establecido por el Acuerdo de París en un 50%, duplicando sus emisiones en lugar de reducirlas.

El uso de combustibles fósiles es uno de los principales motores de esta problemática. Desde la producción de fibras sintéticas hasta el uso de energía para teñir y fabricar prendas, los combustibles fósiles están presentes en cada paso de la cadena de suministro. Este enfoque intensivo en recursos no renovables genera un impacto ambiental devastador. Por ejemplo, el poliéster, uno de los materiales más usados, es responsable de una cantidad significativa de emisiones de CO2 debido a su dependencia del petróleo como materia prima.

Sin embargo, el problema no se limita solo a los materiales. El funcionamiento de las fábricas que producen estas prendas también depende de la energía generada por combustibles fósiles, como el carbón, que se utiliza en procesos de tintura y secado, lo que agrava aún más el problema. A pesar de los avances tecnológicos, gran parte de la industria sigue utilizando fuentes de energía no sostenibles, lo que retrasa los esfuerzos para reducir la huella de carbono.

El informe resalta que, para combatir el cambio climático, la industria de la moda debe tomar medidas drásticas y urgentes, aunque la mayoría de las marcas de moda aún no han establecido objetivos concretos para eliminar gradualmente los combustibles fósiles de sus procesos productivos. 

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¿Es la renta básica universal una solución en la era de la IA?

La renta básica universal (RBU) representa una de las ideas más radicales y debatidas en la política económica moderna. A medida que la inteligencia artificial (IA) y la automatización vayan transformando el mercado laboral, la RBU podría ser una posible solución para los desafíos económicos y sociales que estos cambios conllevan.

Un aspecto preocupante de la automatización es su potencial para exacerbar la desigualdad económica. Los trabajadores de baja calificación y aquellos en empleos rutinarios serán los más vulnerables al desplazamiento, mientras que los trabajadores con habilidades avanzadas en tecnología se beneficiarán desproporcionadamente de las nuevas oportunidades, incrementando la brecha entre las personas con ingresos altos y bajos.

Dado el rápido ritmo de avance de estas tecnologías y los retos inherentes al proceso político y administrativo, es probable que estas tecnologías sigan progresando más rápidamente que la implementación de medidas políticas diseñadas para mitigar sus impactos, lo cual puede conducirnos a un futuro a medio plazo en el que se redefina el concepto de trabajo y que traiga consigo grandes tensiones sociales.

A día de hoy, la conversación sobre la RBU en los círculos de poder económico y político es aún muy limitada debido a una combinación de desafíos financieros, incertidumbre económica, resistencia ideológica, influencias políticas, prioridades competitivas, falta de conciencia y escasez de resultados de experimentos piloto. 

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Las tecnologías descentralizadas al servicio de la sociedad: una mirada a las DePIN

Foto de fabio en Unsplash

En la búsqueda de nuevas maneras de integrar avances tecnológicos en la vida cotidiana, ha emergido un concepto revolucionario destinado a transformar no solo nuestra interacción con la tecnología, sino también la manera en que esta impulsa cambios sociales y ambientales significativos. Este innovador concepto es conocido como Redes de Infraestructura Física Descentralizadas (o Decentralized Physical Infrastructure Networks,  DePIN por sus siglas en inglés).

Las DePIN no son simplemente una nueva tecnología o una plataforma digital, sino que representan un cambio paradigmático en la forma en que concebimos y construimos las infraestructuras físicas necesarias para nuestras sociedades. 

Al descentralizar la propiedad y la gestión de estas infraestructuras, las DePIN ofrecen una alternativa poderosa a los modelos centralizados que han dominado el desarrollo industrial y urbano durante décadas. 

Estas redes aplican los principios de la descentralización a la gestión de infraestructuras físicas esenciales, como redes de energía, sistemas de transporte y comunicaciones, y facilitan un modelo en el que la propiedad y la operación de estas infraestructuras no residen en una sola entidad, sino que son administradas colectivamente por múltiples participantes distribuidos geográficamente.

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