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Directiva Whistleblowing: seis años de avances… y asignaturas pendientes

Foto de Iqro Rinaldi en Unsplash

Cinco años después de que la Unión Europea aprobara la Directiva sobre protección de denunciantes, todos los Estados miembros han incorporado la norma a su legislación, pero muy pocos la aplican con pleno alcance. Mientras la justicia europea sanciona a los gobiernos que siguen sin cumplir, las empresas descubren que proteger a quienes se atreven a hablar no es solo un imperativo legal, sino una estrategia clave para su futuro.

En diciembre de 2019, la UE dio un paso decisivo en su apuesta por la transparencia y la integridad. Con la aprobación de la Directiva (UE) 2019/1937, Bruselas quiso garantizar que cualquier persona (empleado, proveedor, cliente o colaborador) pudiera informar sobre infracciones del Derecho europeo sin miedo a sufrir represalias.

La medida suponía un giro profundo: pasar de un mosaico de protecciones dispares o inexistentes a un marco común capaz de reforzar la confianza en las instituciones y en el mercado.

La fecha límite para transponer la Directiva y establecer canales internos y externos de denuncia fue el 17 de diciembre de 2021. Sin embargo, como suele ocurrir con las grandes reformas, la práctica ha sido más lenta y compleja que la teoría. Algunos países cumplieron a tiempo, otros llegaron con retraso y varios siguen hoy ajustando detalles esenciales.

Según el último Informe sobre el Estado de Derecho (2025) de la Comisión Europea, aunque todos los Estados cuentan con leyes nacionales, el grado de cumplimiento sigue siendo muy desigual.

Para el tejido empresarial, este proceso ha supuesto un hito decisivo. Lo que comenzó como una exigencia normativa ha pasado a ser un componente central de la gobernanza. Ya no basta con esquivar sanciones: la prioridad es proteger la reputación, demostrar diligencia debida y generar confianza en un entorno en el que la transparencia se valora como un recurso estratégico.

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Cuando la electricidad limpia no encuentra por dónde pasar

Foto de Thomas Despeyroux en Unsplash

La transición energética está batiendo récords de capital, pero la seguridad eléctrica progresa con lentitud. De los 3,3 billones de dólares que se invertirán en energía en 2025, apenas 400.000 millones irán a las redes que transportan la nueva electricidad limpia.

La Agencia Internacional de la Energía (IEA en inglés), en la edición 2025 de su publicación World Energy Investment, calcula que el flujo de capital hacia el sistema energético será este año el más alto registrado y con dos tercios destinados a tecnologías limpias como renovables, redes, almacenamiento y electrificación de usos finales.


Ese torrente, sin embargo, fluye de forma desigual. El mismo informe muestra que la inversión anual en infraestructuras de red apenas ronda los 400.000 millones de dólares, mientras los nuevos activos de generación absorben cerca de 1 billón de dólares. Para mantener la seguridad eléctrica, la Agencia advierte que el gasto en redes debe escalar “hacia la paridad” con el de generación.

A esa brecha de capital se añaden cuellos de botella en la oferta de equipos. El índice de la IEA sobre materiales para redes indica que el precio de cables y transformadores casi se ha duplicado en cinco años, presionado por la demanda y por cadenas de suministro tensas. La falta de músculo financiero en muchos servicios básicos de economías emergentes amplifica el problema y retrasa proyectos críticos.

Mientras tanto, el acceso universal sigue lejos de alcanzarse. El informe conjunto Tracking SDG 7 – Energy Progress Report 2025 del World Bank Group registra que 666 millones de personas siguen sin electricidad y que el 92% de la población mundial conectada enfrenta cada vez más cortes por fenómenos extremos.

Por su parte, el Asian Development Bank (ADB), en su dossier sobre resiliencia energética frente a clima severo, subraya que estos eventos “ponen a prueba la resistencia física de las redes de transmisión y distribución” y que la adaptación ya no puede tratarse como un simple añadido, sino como un objetivo central de cada proyecto.

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