cambio climático, sostenibilidad, tendencias

La cara y la cruz del Blockchain: el coste medioambiental del Bitcoin.

Photo by André François McKenzie on Unsplash

El blockchain, ese palabro relativamente reciente y mayormente desconocido para la mayoría de todos nosotros, empieza a ser en la actualidad y lo será más en un futuro, protagonista de debate en cuanto a los pros y los contras que tiene respecto a la sostenibilidad.

Detrás de esa denominación, que traducida al español sería cadena de bloques, se encuentra una tecnología sobre todo conocida por ser la que está detrás del funcionamiento de las llamadas criptomonedas, entre las cuales la más famosa es el Bitcoin.

Pero dicha tecnología va más allá de las criptomonedas y puede hacerse servir en diferentes campos, muchos de los cuales relacionados con la mejora de la sostenibilidad, tal y como ya comentamos en esta revista en el artículo “‘Blockchain’: un mundo de utilidades para la sostenibilidad”.

Entre los beneficios de la cadena de bloques estaba, por ejemplo, la transparencia e inmutabilidad de los datos, la desintermediación en los procesos llevados a cabo, o los costes más bajos y transacciones más rápidas. 

Esos beneficios se traducirían en utilidades como el tener un reporting de sostenibilidad y cadena de suministros más controlados, mayor transparencia en las donaciones a ONG’s, su aplicación a los créditos de carbono para crear una «moneda de carbono», u otras grandes posibilidades de la tecnología en la creación de nuevas iniciativas en materia de sostenibilidad.

Pero lo anterior, la búsqueda de una mayor sostenibilidad, está reñida con el propio funcionamiento de la tecnología de la cadena de bloques, basado en procesos matemáticos y criptográficos que requieren de grandes cantidades de energía eléctrica.

Las criptomonedas consumen tanta energía eléctrica como Bélgica.

Aunque, como comentaba antes, hay múltiples posibles aplicaciones de la cadena de bloques, a día de hoy su mayor aplicación es la de las criptomonedas.

Bitcoin es la más famosa de todas ellas, pero no es la única ni mucho menos. En septiembre de 2020 existían en el mercado nada más y nada menos que 7.165 criptomonedas, aunque la representatividad de cada una de ellas es muy variable, estimándose que Bitcoin, Ethereum, Bitcoinsv, hasta un total de las diez criptomonedas más destacadas (representando un 95% del mercado) consumen 80 TWh/año.

Según el trabajo de Lukas De Loose “La huella ecológica del Blockchain”, tomando como referencia el consumo total de energía eléctrica mundial de 2017, la industria de las criptomonedas sería responsable del 0,38% del consumo mundial, comparable al de un país como Bélgica.

La explicación del gran consumo eléctrico de estas criptomonedas está en los procesos de minado. Se le llama minado al conjunto de procesos necesarios para validar y procesar las transacciones de una criptomoneda, y que va más allá de encontrar, descubrir o fabricar nuevas monedas.

Tal y como explican en este artículo de ESET, en esos procesos de minado, todos los nodos de la red participan en la resolución exitosa del acertijo que supone la búsqueda del bloque. Ese trabajo requiere esfuerzo y poder de cómputo destinado a llevar a cabo las operaciones necesarias para mantener la estabilidad y la seguridad de la red. Debido a la importancia de ese trabajo, aquellas personas que se dedican al minado cobran una cantidad de dinero por su trabajo de minería en la misma criptomoneda que están minando.

El hardware destinado al minado también acaba siendo un problema.

Para llevar a cabo el minado de criptomonedas, se necesitan equipos informáticos de gran potencia con un hardware lo más actualizado posible para la tarea a realizar. Ese minado no se suele hacer en la actualidad por personas individuales o en pequeña escala, sino que es muy común la existencia de centros o granjas de minado.

El hardware utilizado por los mineros debe ser también lo más eficiente posible en términos de rendimiento de cálculo, siendo lógicamente lo más deseable que el consumo eléctrico del mismo sea el menor posible.

Para lograr esa eficiencia, se lanza al mercado equipamiento informático con mejores prestaciones constantemente, lo cual provoca que el antiguo sea retirado rápidamente en busca de mejores prestaciones, generando grandes cantidades de chatarra informática que después no es aprovechada para otros usos debido a que este equipamiento es muy específico para el minado y no sirve para otras tareas más cotidianas.

Debido al creciente mercado de las criptomonedas, el minado de las mismas y la continua actualización de los equipos en pos de la eficiencia, se estima que hasta el momento la cantidad de material desechado alcanza casi las 58 mil toneladas métricas, de las cuales el 47% se añadieron en el último año.

¿De qué manera puede el blockchain ser más sostenible?

Desde el punto de vista del hardware y la chatarra electrónica que se genera en su constante cambio, es complicado poder dar una solución concreta. 

Incluso el uso en minería de hardware no específico para ese menester, como son las tarjetas gráficas de los ordenadores, es un problema añadido para los usuarios que no se dedican al minado, ya que por ejemplo, la última generación de tarjetas gráficas de alto rendimiento (ya de por sí escasas por la poca disponibilidad de chips generada por el efecto de la pandemia de la Covid-19 en la producción) está siendo en gran manera adquirida por la minería de criptomonedas en detrimento de la compra y uso por parte de usuarios informáticos de a pie.

Pero en el caso de los procesos informáticos de la cadena de bloques y su consumo energético sí puede hacerse algo, aunque cada vez cueste más minar criptomonedas como el Bitcoin ya que cuanto más sube su precio más mineros (nodos) entran para competir en la resolución exitosa del acertijo que supone la búsqueda del bloque. 

Además, lo anterior incrementa la dificultad de solucionar los acertijos y hace más costoso conseguir la recompensa (que además se reduce con el paso del tiempo a través de los denominados halvings), lo cual redunda en un mayor uso de electricidad por parte de los mineros.

Afortunadamente, no todas las criptomonedas funcionan de la misma manera, ya que la forma de minar depende del sistema que utiliza la cadena de bloques o el algoritmo de cada criptomoneda, siendo unas más demandantes energéticamente que otras. 

De igual manera, las otras aplicaciones del blockchain diferentes al minado de monedas tampoco dependen de los mismos algoritmos, por lo que el uso de determinados “mecanismos de consenso” (es decir, los mecanismos usados por una red blockchain para seleccionar el estado correcto de un registro después de realizar una transacción) es clave para lograr consumos eléctricos más contenidos.

Otra opción interesante es desplazar las granjas de minado a lugares en los que se haga un uso intensivo de electricidad proveniente de fuentes de energía renovables en detrimento de las fuentes basadas en combustibles fósiles, de manera que el minado contribuya lo menos posible al cambio climático.

Sea como fuere, tanto dedicado a temas estrictamente relacionados con las criptomonedas como con otras aplicaciones posibles, el blockchain es una tendencia en alza que verá aumentada su importancia a medio y largo plazo. 

Si a ello añadimos otras tendencias que ya están entre nosotros y que también van a tener una rápida evolución con la implementación del 5G como es el internet de las cosas y la gran cantidad de nuevos dispositivos que se conectarán a la red eléctrica y a internet, podemos deducir fácilmente que su sostenibilidad es un problema real, tangible y en crecimiento y que debe ser abordado firmemente de una manera lo más estratégica y rápida posible. 

Nota: este artículo fue previamente publicado en Compromiso Empresarial el 18-2-21.

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