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Las mujeres en el centro de la economía para que la pandemia no aumente la brecha.

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Photo by Ani Kolleshion Unsplash

El año 2020, que marca el vigésimo quinto aniversario de la Plataforma de Acción de Beijing, tenía como objetivo ser pionero en materia de igualdad de género.

En cambio, con la propagación del COVID-19, incluso los limitados logros alcanzados en las últimas décadas corren el riesgo de retroceder.

Debido a la pandemia se están profundizando las desigualdades que ya existían, exponiendo las vulnerabilidades de los sistemas sociales, políticos y económicos que, a su vez, amplifican los impactos de la pandemia.

En todas las esferas, desde la salud a la economía, pasando por la seguridad, los impactos de COVID-19 se agravan para las mujeres y las niñas simplemente en virtud de su sexo.

Así de claro se muestra el informe “The Impact of COVID-19 on Women” realizado por las Naciones Unidas, y en el que se subraya que la actual crisis no sólo es un desafío para los sistemas de salud mundiales sino también una prueba de nuestro espíritu humano, y también que la recuperación debe conducir a un mundo más equitativo y más resistente a las crisis futuras.

 

Las mujeres parten en desventaja en cuestiones económicas.

Según la ONU, la vida económica y productiva de las mujeres se verá afectada de manera desproporcionada y diferente a la de los hombres, debido al impacto del COVID-19 en la economía.

Esto es así debido a que a escala mundial, las mujeres ganan menos, ahorran menos, tienen empleos menos seguros y tienen más probabilidades de trabajar en el sector no estructurado. También tienen menos acceso a las protecciones sociales y son la mayoría de los hogares monoparentales.

Por esas razones, la capacidad de las mujeres para absorber las crisis económicas es menor que la de los hombres.

Por si fuera poco, a medida que las mujeres asuman mayores exigencias de cuidado en el hogar debido a los roles tradicionales, sus empleos también se verán afectados de manera desproporcionada por los recortes y los despidos, amenazando con hacer retroceder los avances logrados en la participación de la mujer en el mercado laboral, limitando su capacidad para mantenerse a sí mismas y a sus familias, especialmente en el caso de los hogares encabezados por mujeres.

Todo esto se magnifica aún más en países en vías de desarrollo.

Entre las medidas que la ONU recomienda para paliar esta situación y tratar de revertirla están la ampliación de la protección social básica a las trabajadoras informales, la introducción de medidas para aliviar la carga fiscal de las empresas propiedad de mujeres, o la utilización de las redes de mujeres y las organizaciones de la sociedad civil para comunicar este tipo de beneficios.

También destaca la necesidad de la integración de una evaluación de género en todos las estudios realizados por los países para comprender el impacto de COVID-19 en las mujeres y las niñas, incluido el impacto económico, y cómo abordarlo eficazmente.

 

Más riesgos para la salud de las mujeres que para la de los hombres.

Múltiples y/o interrelacionadas desigualdades como la etnia, la situación socioeconómica, la discapacidad, la edad, la raza, la ubicación geográfica y la orientación sexual, entre otras, también influyen en el acceso información sobre COVID-19 y a los servicios de salud críticos.

Las mujeres y las niñas tienen necesidades sanitarias singulares, pero es menos probable que tengan acceso a servicios de salud de calidad, medicamentos esenciales y vacunas, atención de la salud materna y reproductiva o cobertura de seguros para los gastos de salud rutinarios o graves, especialmente en las comunidades rurales y marginadas.

Debido a la segregación ocupacional por sexo, ya que, a nivel mundial, las mujeres constituyen el 70% del personal sanitario, la mujeres pueden estar en riesgo o expuestas que los hombres.

En este aspecto, el informe destaca el gran porcentaje de mujeres profesionales sanitarias infectadas en España e Italia.

También, la prestación de servicios de salud sexual y reproductiva puede verse comprometida debido a la desviación de la atención y los recursos críticos que se destinan a esos ámbitos, lo cual puede resultar en una mortalidad y morbilidad materna exacerbada, aumento de las tasas de embarazos en la adolescencia o de la propagación del VIH y enfermedades de transmisión sexual.

Para impedir estos problemas y efectos, se debe asegurar que las mujeres y las niñas tengan acceso a los mensajes de salud pública sobre el COVID-19, que se preste una atención explícita al papel de las mujeres como trabajadoras sanitarias de primera línea y a sus necesidades psicosociales y las derivadas de su entorno laboral, y que se tomen las disposiciones necesarias para que se sigan prestando los servicios sanitarios habituales, especialmente en materia de atención de la salud sexual y reproductiva.

 

El trabajo no remunerado, pilar de la respuesta al COVID-19 por parte de las mujeres.

La crisis global del coronavirus ha hecho claramente visible el hecho de que las economías formales del mundo y el mantenimiento de nuestras vidas diarias se construyen sobre el trabajo invisible y no remunerado de mujeres y niñas.

Había ya grandes desequilibrios en la distribución por género del trabajo de cuidado no remunerado antes de que el COVID-19 se convirtiera en una pandemia universal.

El actual contexto ha causado un aumento de la demanda de trabajo de cuidados que está profundizando aún más las desigualdades ya existentes en la división del trabajo por género, sobre todo en los hogares debido a que las mujeres están a la vanguardia de la respuesta de virus como cuidadoras familiares no remuneradas por defecto, a lo que se suma que el hecho de que las escuelas estén cerradas también redunda en que esas niñas y chicas acaben realizando esas tareas.

Las mujeres de todas las edades proporcionan el grueso de la atención no remunerada a las personas mayores, hombres o mujeres. La continuidad de esta atención dependerá de su propia salud y bienestar, así como de su capacidad para reducir al mínimo el riesgo de contagio de las personas a su cargo.

Se necesitan medidas inmediatas para asegurar que el COVID-19 no revierta los avances en materia de igualdad de género logrados en los últimos decenios.

Se debe, por tanto, ampliar y proporcionar protección social inclusiva a las cuidadoras para mitigar los efectos de la sobrecarga de trabajo de cuidado no remunerado, y proporcionar bonificaciones y subsidios para contratar servicios infantiles para las trabajadores que no pueden teletrabajar y ampliarlos a los trabajadores del sector no estructurado.

También hay que dar prioridad a las inversiones y al acceso a la infraestructura básica accesible y a los servicios públicos, incluyendo las zonas rurales, los asentamientos informales y los campamentos de desplazados y refugiados.

 

El confinamiento facilita los abusos y la violencia de género.

La violencia contra las mujeres y las niñas está aumentando en todo el mundo a medida que la pandemia se combina con tensiones económicas y sociales y con medidas para restringir el contacto y el movimiento.

El hacinamiento en los hogares, el abuso de sustancias, el acceso limitado a los servicios y la reducción del apoyo de los compañeros están exacerbando estas condiciones, y muchas mujeres están ahora atrapadas en sus casas con sus abusadores.

Por si no fuera suficiente, la exposición al COVID-19 está siendo utilizada como una amenaza: los abusadores se aprovechan de la incapacidad de las mujeres para pedir ayuda o escapar y las mujeres se arriesgan a ser echadas de casa sin ningún lugar a donde ir.

Para que estos casos no ocurran o su número se reduzca, la ONU propone integrar los esfuerzos de prevención y los servicios de respuesta a la violencia contra la mujer en los planes de respuesta del COVID-19, y categorizar los refugios para la violencia doméstica como servicios esenciales, aumentando los recursos para ellos y para los grupos de la sociedad civil en la primera línea de respuesta.

Otras propuestas serían designar espacios seguros para las mujeres en los que puedan denunciar los abusos sin alertar a los perpetradores (p.e. en las tiendas de comestibles o en las farmacias) e intensificar las campañas de promoción y sensibilización, incluso dirigidas a los hombres en el hogar.

En definitiva, el informe hace hincapié en que todos los planes de respuesta de COVID-19, y los paquetes de recuperación y asignación de recursos, deben abordar los impactos de género de esta pandemia.

De esta manera, colocando a las mujeres y las niñas en el centro de las economías, también se promoverá una recuperación más rápida que además nos pondrá de nuevo en marcha para alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible.

 

Nota: Este artículo fue previamente publicado en Compromiso Empresarial el 18/5/20.

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